Como un Jano bifronte, la Ciudad tiene dos caras. En sólo
unas horas nos envía mensajes contrapuestos.
El sábado paseaba por la Avenida, cuya regulación y reforma
han sido un desastre: peatones, ciclistas, tranvía, manteros y “artistas”
callejeros, luchan por un espacio libre, el que dejan los cien mil veladores, formando
un totum revolutum inimaginable. Antes había aceras con grandes árboles,
talados, que no retoñarán, y calzada para los vehículos, hoy desgraciadamente
prohibidos, y cada cual iba por su sitio… por seguir con el de Orihuela, para
caminar por allí hoy, sangro, lucho,
pervivo…
El tranvía apareció con un sombrero cordobés rojo colocado
en todo lo alto y disfrazado de lunares… todo el tipismo rancio se queda corto
ante tal visión. Una flamenca taconea en un tablao improvisado en una esquina,
para recaudar fondos, una tienda establece como reclamos en las aceras camisetas
con lemas también muy “del sur”: ¡Ozú, que caló! ¡Cervesa fresquita! Y otras de
ese jaez… ¡para que queremos que vengan los de fuera a repetir tópicos, si ya nosotros
nos encargamos de exportarlo! como los
delantales de “faralaes” que cuelgan en las entradas de las tiendas junto a los
abanicos de plástico… ¡lamentable!.
Para colmo, la deliciosa y exquisita confitería
Filella, en cuyos escaparates temblaban las torrijas, resplandecían las
palmeras de chocolate y huevo, las trufas y los mantecados, desde hacía casi
cien años, ha cerrado y en su lugar han puesto un chiringuito tan sevillano
como un fast food, donde venden
salchichas alemanas precocinadas… ¡Toma del frasco!
Caminaba cabizbajo, hundido en un melancólico ubi sunt
manriqueño…
Pero ayer, ay, ayer, esta ciudad me reconcilia de nuevo con
ella, gracias a la íntima, espléndida, maravillosa y secular procesión de
impedidos de la Sacramental del Sagrario. (Más fotos en esta estupenda página web sobre Sevilla)
Fundada por Teresa Enríquez en 1511, esta hermandad rinde
culto al Santísimo Sacramento desde hace cinco siglos… y claro se nota.
Santiaguito había sido requerido para asistir como
monaguillo pues necesitaban gente, nunca se lo agradeceré bastante a mi amiga MP.
Nada más entrar a las nueve de la mañana en la Sacristía,
compensaba del madrugón un domingo, cuadros de Matías de Arteaga y Alfaro,
Herrera el Mozo, plata labrada del XVIII, cajoneras inmensa de roble tallados
del XVII, paños de azulejos de 1657… una barahúnda de niños y jóvenes vistiéndose
con roquetes, casacas de terciopelo, gorgueras…
Para que los enfermos de la feligresía puedan cumplir el
precepto de comulgar por Pascua Florida, la procesión se encamina por unas
calles de una Sevilla, solitaria y auténtica… calles recién regadas, cielo por
estrenar, la banda de música toca el himno nacional cuando el sacerdote entra y sale de la casa de los impedidos, la capa pluvial de este, nada más que eso,
ya vale un imperio, una tela exquisita de brocado y seda de colores, con ramas
y flores, con mínimo trescientos años de antigüedad, que conserva la viveza
aun, y la frescura de un ramo recién cortado…
Los niños portan la campanita que avisa de la llegada del
Señor, un almohadón antiguo, para arrodillarse el sacerdote, un canasto con
pétalos para alfombrar las calles, el altar portátil para colocar el arca con
el Sacramento en el interior de las viviendas…
Todo es perfecto, como la luz del sol temprano que al
filtrarse entre las nubes de incienso forma imágenes evanescentes, oníricas, quizá
de la ciudad que soñamos y que gracias a secretas costumbres como esta, nos
reconcilia con ella, nos rescata de la chabacanería imperante y no permite,
gracias a Dios, seguir soñando.
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