Dos jóvenes a la mesa. H.1622. Velázquez. Wellington collection en Apsley House. Londres
Tres muchachos. H.1670. B. E. Murillo. Dulwich Picture Gallery. Londres
Es la ciudad una nueva Babilonia que congrega los despojos de tanto fasto: los huérfanos, los pobres, los menesterosos...
Y el franciscano Martínez de Mata clama contra tanto dolor y tanto abandono en su memorial de la despoblación y pobreza de España y su remedio.
Esclavos, mendigos, ladronzuelos, hambrientos, se dan cita en el Arenal y recogen las migajas del gran festín del río de oro que llega desde allende el océano.
Aprovechad ahora que no está el amo y rebañad las sobras de la mesa del noble.
Oh, picaros guzmanes, oh, lazarillos destinados al hampa y a la mala vida. Reíd ahora que la inocencia aun es vuestra, jugad si podéis a la vera del río y que la vida adulta, que viene a aprisionaros con sus lazos, os sea leve…
Infanta Margarita de blanco. Velázquez. 1656. Museo de Historia del Arte. Viena.
Esta obra es de una genialidad inigulable. Aquí se ve la mano maestra de Velázquez, su pincelada suelta frente a la detallista y densa de su primera etapa. Se trata de un pintor que se adelanta a su época, que ya ha conocido a Rubens, ha viajado a Italia y ha derivado a un estilo propio. El uso de esos brochazos últimos sobre las telas, que otorgan la calidad de las texturas, impresionistas... fijaos en el brillo de las sedas, de los cabellos dorados, las manos... la mirada, dentro del hieratismo que se le exige como persona real, con un dejo de ternura infantil. Es una obra alucinante. Todo Velázquez lo es. Conmueve y es aleccionador pensar en esta niña que será enterrada con poco más de veinte años en los Capuchinos de Viena, con ese rito impresionante que hasta hoy rige, (¿Quién desea entrar?, el cuerpo aquí, el corazón acullá) y cuya tumba la gente hoy visita por ser la protagonista de las Meninas:
Y sobre la Giralda, celeste como el cielo de Sevilla,
tremolante, una bandera.
Las campanas de toda
la Ciudad, desde las 24 de la alta torre hasta la humilde del convento
recóndito, resuenan
Todo el mundo en general, a voces, Reina Escogida…
El pintor de la Verdad, pinta a su novia con la mirada baja
y las manos recogidas y Murillo dulcifica su figura que, vaporosa y sutil, se
eleva entre los ángeles, entre nubes doradas y alados niños, como sus propios
hijos que aun infantes*, han subido al cielo para sostener la peana de María Inmaculada
de Sevilla
* Murillo perdió cuatro de sus hijos en la peste de 1649
La Sagrada Familia del pajarito. B.E. Murillo. H. 1650. Prado
En la intimidad de la casa, en la paz umbrosa del taller, el
niño ha interrumpido al padre que ha dejado en un rincón los trastos de
carpintero, la sierra, el escoplo, la garlopa…
Un perrillo faldero le persigue, y él aprisiona un pájaro en
sus manos. Estaba herido, con el ala rota, y temblando. Se ha caído del tejado.
¡Corre, Jesús, corre a los brazos de tu padre!
Un padre siempre es omnipotente, es el refugio.
José ríe, lo acoge en el regazo. El perro se acerca y
ladra. Jesús se empina y levanta el brazo.
María está devanando el hilo y guarda todas estas cosas en
su corazón, estos momentos dulces de infancia que no vuelven. Serena, aparta la
mirada de la labor y sonríe a su vez.
Un soplo de aire refresca la estancia, un
soplo del Espíritu, que mueve la madeja y el hilo de la devanadera
Sobre la cesta, plegado, un lienzo blanco que María teje y reserva
con delicada tristeza. Aún no lo sabe pero recogerá, mañana, la imagen púrpura
de ese niño que hoy juega
El perro huye finalmente. Y Jesús muestra al padre el
pájaro, que ¡oh, ya no está herido! y escapa volando, revoloteando con gracia
entre los tejados.
Los tres, risueños, miran al través de la ventana como se
aleja… ay, sobre un monte.
Autorretrato. B.E. Murillo. H. 1660. Frick Colection. Manhattan. Nueva York
No soy pintor, soy un poeta de
las líneas y las formas, acólito de Clío, un intelectual del color y las
figuras, de la proporción y la perspectiva. Imito con mi arte, que es liberal,
nada en él hay de servil y mecánico, mas todo en él es libre y noble, todas las
cosas imitables del arte y la imaginación. Soy el fundador de la Academia Hispalense,
el amigo de canónigos y altos dignatarios.
Tengo un prestigio bien ganado en
mi Ciudad, que es centro del orbe, y como un noble romano, como una efigie
tallada en los tondos de los arcos triunfales, en una medalla que se acuña para
recuerdos postreros, yo me retrato aquí, con la dignidad de un artista, de todo
artista, que ayudamos a Dios a crear de la nada.
No es servil nuestro oficio que
es altísimo y elevado.
Con mis ropajes sobrios y
elegantes, oscuros, con la camisa blanca y mangas acuchilladas, visto como un
caballero, como un señor que solo sirve al arte y a las musas, que deja su legado
al mundo y a todos vosotros que hoy miráis…
El viernes llevé de visita a un grupo a ver la exposición de la fundación FOCUS en los Venerables. Me la preparé con diversos libros y artículos.
Inestimable la ayuda de Jaime García-Máiquez cuyo estudio incluido en el catálogo es magistral e iluminador. JGM es un gran poeta y una referencia en pintura y conservación. Además es un ameno conferenciante, aun recuerdo, espléndida, su disertación en Sevilla sobre los "calcos" de Velázquez.
Traté de explicar los cuadros desde el punto de vista histórico artístico que es lo más interesante. No obstante, ante algunas piezas traté de expresar "sugerencias" más allá de lo puramente técnico. Algunas de ellas iré dejando aquí estos días.
Por supuesto la exposición merece la pena. Son 19 obras geniales.
Autorretrato. Velázquez -1623. Prado
24 años tengo y espero cumplir muchos más al servicio de Su Majestad.
Miradme soy joven y sé que soy el mejor pintor de la corte
porque veo más allá. Siento la luz y el aire y sé plasmarlo en el lienzo.
Yo no pinto sólo la naturaleza, ni quiero copiar las cosas, yo voy
a aprehender el momento, el palpito del tiempo. Conseguiré aprisionar el
instante; el suspiro bajo la seda de la joven infanta, el bufar del caballo
que se encabrita, el azul sutil de las tardes del Guadarrama en la lejanía. Quiero que sea esta tarde y no otra, quiero que sea este latido el que quede para
la eternidad.
Cuando veáis mis telas, os digo, sentid el leve aire que fluye
entre los espacios de los salones donde tejen el tiempo las hilanderas, donde se
reflejan las motas centelleantes en los haces de luz del estudio del palacio donde
acuden curiosas la infantas con sus damas.
Yo sé que soy un caballero, sé que soy noble, porque así son
mis sentimientos y la fragua de mi alma.
Os estoy mirando desde el espejo del ayer, pero el brillo de
mis ojos es presente, con el os comunico mis deseos y mi determinación. Dios
me de larga vida para servir a Su Majestad, para extraer mi arte, para dejar plasmado
entre los lienzos pardos la eternidad que pasa detenida.
Salí del cine cabreado conmigo mismo, porque iba pensando ver una película sobre héroes y mártires con un fondo de apóstatas y al final resulto ser lo contrario. (Si lo sé no vengo)
No le puedo exigir al director que dé con mis gustos, sí que sea respetuoso con los temas religiosos, que lo es.
¿Porqué no me satisfizo? Por que la película es desalentadora. Tras dos horas (por lo demás algo lentas y reiterativas, un hombre roncaba a placer, a mi mujer alguno que otro codazo debí sacudirle) pendientes del misionero jesuita, que lucha denodadamente por mantenerse fiel, al final apostata. Para ese viaje no necesito tantas alforjas.
Lo hace, como es natural, por cobardía y miedo al dolor propio y ajeno, pero yo querría que el protagonista fuese el otro, el que, de modo sobrenatural, muere mártir confesando su fe.
No se explica, sin embargo, porque tras ser vencido, un hombre de esas convicciones pierde todas ellas y se mete a monje budista hasta su cómoda muerte. Es desesperanzadora porque no regresa, no se ven las lágrimas de arrepentimiento, como San Pedro, como tantos...
Lágrimas de San Pedro. Velazquez. 1620. Fundación Villar Mir. Actualmente hasta el 28-2 en la exposición Velázquez y Murillo de Focus. Sevilla.
S. Pedro penitente. Murillo. 1665-1670. Fundación Focus. Sevilla
La inclusión de la pequeña cruz en la pira funeraria no sé que pretende explicar, significar o remediar en un sacerdote que vive con una concubina budista hasta el final de sus días en lugar de llorar amargamente su caída.
El mensaje es confuso, porque, a mi me lo parece, justifica la apostasía, o al menos no la presenta, el director no es católico, creo, como el terrible mal que supone.
Siguiendo el ejemplo de los mártires, la Iglesia nos enseña que debemos aspirar a que si se nos presenta la disyuntiva de salvar la vida renegando de Cristo o que nos metan boca abajo con la cabeza en un hoyo desangrándonos lentamente hasta la muerte junto a otras cuatro personas, elijamos esta opción, naturalmente que sí, sobrenaturalmente que sí.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo (Mt. 10:28)
Mucho más impresión me ha causado el final de la lectura de "1984" de Orwell, que casualmente acabo de terminar, donde el protagonista es sometido a un martirio (laico) superior y que te interpela dramáticamente, sobre que haría uno en esa situación.
La película contemporiza con el error y el pecado, lo propio de la sociedad deliscuecente en que vivimos. Yo no la recomiendo para mis hijos. El final de la vida de esos sacerdotes apostatas es, aunque se quiera disimular, verdaderamente triste y lamentable. Tan escandaloso que aun hoy, varios siglos después, dan pie a unas películas que conturban el espíritu. Qué responsabilidad la nuestra. Yo rezo por ellos y por mi.
Si quieren recuperar la esperanza siempre pueden acudir a Bach.
La Pasión según San Mateo. El violín llora con Pedro amargamente, desconsoladamente, suplicando una redención que, cómo no, consigue:
Erbarme dich, mein Gott Um meiner Zähren willen, Schane hier, Herz und Auge Weint vor dir bitterlich. Erbarme dich!
Ten piedad de mí, Dios mío, advierte mi llanto. Mira mi corazón y mis ojos que lloran amargamente ante Ti. ¡Ten piedad de mí!