martes, 30 de abril de 2013

HILOS DE LA INTRAHISTORIA II

Transcrito del Archivo Capitular de la Catedral Hispalense:

En 5 de mayo de 1828 acordó el Cabildo que los Sres de esta Diputación de Ceremonias informen sobre si convendrá que sean más pequeñas las hostias con que se celebra en el Altar Mayor, con objeto de evitar algún inconveniente en que se incida con dichas hostias en su fractura y sumpción*.

El 16 de mayo de 1828 se recoge la decisión:

habiéndose juntado la expresada Diputación, es de parecer de conformidad que no se varíe de tamaño, en consideración a la gran distancia que media hasta los fieles, los que deben distinguirla para que la adoren con más fervor, y además porque ha visto y examinado una de dichas hostias, y le parece que puede celebrarse con ellas sin escrúpulos.

En fin un ejemplo de que muchos ritos o costumbres no son frutos del capricho o la casualidad. Ahora bien, hay que profundizar…
Vamos, que los canónigos no daban puntada sin hilo en esta trama de la pequeña historia.
*Me costó descifrar la palabra sumpción, pero  se repetía después y lo vi claro. En el RAE se recoge sin m o p. Pero los curas saben o sabían latín y beben de la fuente original:

domingo, 28 de abril de 2013

Tiempo de Pascua

Mi hija Pilar, algo intuye de este tiempo de gloria, de una tierra nueva y un tiempo nuevo...
Se mete en nuestra cama, nos despierta por la mañana y pregunta ¿A que hay que quitar a los Jesús muertos, papá?- y sin esperar a que conteste continua- Porque ha nacido otra vez... - y concluye muy ufana- y hay qué decir todo el tiempo:
 ¡felices Cuascuas!

Pues eso.

viernes, 26 de abril de 2013

DOS LLAMADAS

I
Llevaba la jeringa rellena con cinco mg de “Apiretal” cuando sonó el teléfono, a las doce menos cinco de la noche, no lo quería coger, pero se abalanzó sobre él.
Escuchó la noticia como desde fuera, y se vio a sí misma como desdoblada ante un espejo.
La tos de su hija la volvió a la realidad y se sentó a los pies de la cama, donde dormía acurrucada, su oso de trapo caído en el suelo, sin saber todavía que era una niña huérfana.

II
Expectante se paseaba en su despacho de la oficina de la Dirección General de Tráfico. Faltaban cinco escasos minutos para su triunfo. Sus medidas habían sido efectivas. Por primera vez en los últimos treinta años, y sólo por uno de diferencia, el número de fallecidos en accidentes había disminuido este fin de semana.
Sonó el teléfono, se apresuró a cogerlo. Soltó un taco. ¡Un maldito motorista le había estropeado las estadísticas!
(Relato breve basado en hechos, desgraciadamente, reales)

jueves, 25 de abril de 2013

Hilos de la intrahistoria

Hojeando los libros de Actas la Diputación de Ceremonias de la Santa Yglesia Catedral Metropolitana de Sevilla, (el archivo Capitular, en un patio de Palacio, entre campanas y trinos, es una delicia)  aunque no tengan nada que ver con el tema de mi tesina, me encuentro sucesos sabrosos, que no me resisto a copiar.

Esto sucedió en mayo de 1828 y debío de ser sonado ya que el Secretario, con su letra cuidada, lo dejó plasmado solicitando su corrección:

"(...) lo acaecido en una de las noches anteriores, en que un capellán de coro no besó la mano al tiempo de presentarle la naveta y dar la cuchara con el incienso al Sr. Preste, resistiendose y manifestando con voz descompasada que no quería ni es su obligación, llamando la atención de los fieles con la desobediencia y falta de respeto, para que informe sobre la insinuada ceremonia de besar la mano y contener abusos en lo sucesivo."

Reunida la Diputación de ceremonias concluye que esta costumbre:

"Siempre se ha observado en esta Santa Yglesia, besar la mano y cuchara (...) y los Sres Visitadores y capellanes les hagan entender es de rúbrica y que deben cumplir con ellas, amonestandole para que no se repitan excesos semejantes".

Así que ya saben, no olviden nunca besar la mano y la cuchara del incienso cuando les sean presentados en el Altar Mayor y por favor no griten, que no es para tanto.

« SPE SALVI facti sumus »: Justicia para ella.

Pensaba escribir hoy sobre la hermosa buganvilla que ha florecido en mi azotea contra todo pronóstico, pero la desoladora noticia de esa madre que ayer murió con el corazón destrozado por la muerte de su hijo la noche de Reyes Magos, me lo impiden y me trae a la cabeza estas palabras de Benedicto XVI:

Estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. La necesidad meramente individual de una satisfacción plena que se nos niega en esta vida, de la inmortalidad del amor que esperamos, es ciertamente un motivo importante para creer que el hombre esté hecho para la eternidad; pero sólo en relación con el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y de la vida nueva.

No, la injusticia NO ES, no puede ser, la última palabra.

Con Cristo Resucitado estamos confortados en la esperanza.

miércoles, 24 de abril de 2013

¡A la feria!

Llevo varios días dejándolo, pero hoy al leer el artículo de mi admirado EGM, sobre sus razones para ir/no ir a la feria, me animo a expresar las mías a favor.
La de éste es incontestable, ¿qué mejor que ir a la feria por amor?...
La Feria de Sevilla es un espectáculo fascinante, bellísimo en el que, en un desbordamiento estético inigualable, la Ciudad quiere proyectar lo mejor de sí.
¿Es una ficción, un teatro? Ciertamente. Pero no una falsedad.
Esa ciudad provinciana, campera y adormilada tras los fastos del  Descubrimiento, que en el XIX , cuando se crea la fiesta, vive de las rentas, se hace presente, con todo el refinamiento acumulado por los siglos y las diversas civilizaciones que hicieron del  valle del Guadalquivir su casa.
El espectáculo para los sentidos es único: la luz, los colores intensos, los vestidos, los carruajes, las mulas enjaezadas, los farolillos brillantes, las casetas rayadas, verdes y rojas, los volantes de las flamencas, las flores, las rosas en la cara y en el pelo de las mujeres, las luces, los cascabeles, la elegancia de  los pura sangres, y la gente, esa gente feliz que va a la feria olvidándose de los problemas por un día. Porque a la feria se va a pasarlo bien y el sevillano se coloca su mejor traje y se pone al mundo por montera. ¿Y habrá algo más sano que decirle adiós a los problemas al menos por unas horas?
 Sí, es una ficción porque la malhadada crisis regresará cuando se marchiten los alegres farolillos, pero entonces que, nunca mejor dicho, me quiten lo bailao.
Es una fiesta sana, donde se pasea, se canta, se habla con los amigos. Que deleite reencontrarse con aquellos que no vemos si no de año en año, de los que fuimos inseparables en otro tiempo, y que las circunstancias alejaron y que ahora encontramos sorpresivamente en una  caseta cualquiera. Qué maravilla sacar a bailar a la propia  madre en la caseta familiar, y estar con hermanos, hijos, sobrinos en un alegre revoltijo de edades donde, la pequeña de diez años baila con el abuelo de setenta y el joven de dieciséis roza leve, tímidamente la cintura de aquella que le gusta, por primera vez
Y pasearse por el Real en un coche a la media potencia, tirado por cinco caballos grises cartujanos, y sentir el sol y la brisa azul en la cara y en el corazón
Y ver a la gente elegantísima pasar jubilosas por las calles efímeras entre música y vida. Porque, y esto, en estos tiempos  que corren de supina ordinariez, sigue siendo para mí un misterio, en la tarde de feria sevillana predomina de un modo absoluto, la distinción, el refinamiento y el buen gusto. Nunca está la mujer más esplendida. El traje de volantes las convierte en un enjambre de bellezas insólitas. Caminas entre la bulla y te asaetean unos ojos verdes, un perfil, una imagen que queda indeleble en la pupila. ¡Qué guapa están las mujeres en la feria, qué airosas, qué cautivadoras!
Y un poco de jamón, y un caldo con hierba buena, y la socorrida tortilla de patatas, y el guiso del día, y todo  sublimado por el vino dorado  que destella  en las copas, en fulgores  que cuajaron en los soleados viñedos de Jerez o en las salobres puestas de sol en Sanlúcar…
Por tantas cosas hermosas, para mí la Feria en Sevilla, es un lujo al que no quiero renunciar.
Doy fe que este año, con mi mujer y mis hijos, con mi familia y amigos me lo he pasado en grande ¿Y mañana?
¡Mañana Dios dirá!