Se van a trasladar varios comercios de toda la vida y con ello se llevan parte de la esencia de la ciudad, que no son sólo sus grandes monumentos, sino estos pequeños trozos donde se venera la tradición y la nostalgia.
Se va el Bazar Victoria, después de cien años de surtir de clavos, puntillas, sartenes y botijos y jaulas de grillo y huevos de madera para zurcir calcetines, a media Sevilla.
Poder ir a comprar el bote de pegamento para los trabajos de "pretecnología" de mis hijos en el mismo lugar donde mi abuelo compraba un trompo cuando tenía su edad es un lujo. Sentar a un niño en el largo mostrador de madera gastado, en el mismo sitio, en la misma madera donde a su bisabuelo lo sentó su padre tiene un valor intangible, pero no menos cierto, que un cuadro de Murillo.
Ahora van a destruir todo eso para, triste paradoja, poder ampliar el recinto destinado al "museo" que pretende hacer la Cajasol en ese lugar. ¿Qué sentido tiene crear un museo destinado a exponer obras de arte y destruir una obra de arte viva e imposible de reemplazar?
Pero esto es lo que hay.