viernes, 14 de noviembre de 2014

Dos grandes dos

Son dos grandes de España, que he podido conocer esta semana. Ayer estuve con Carmen Laffón. Suerte que tuve de encontrarla cuando visitaba su exposición, recomendable absolutamente, en el CAAC. Me la presentaron y pude ver toda la muestra con la compañía de la autora.

El día anterior estuve con Trapiello en la presentación de su libro sobre Sancho, que me llevé firmado.


Curiosamente los dos artistas se inspiran en Cervantes en sus obras, aquí dejo la foto de la escultura de Laffón que hizo para el Reina Sofía en el 4 centenario del Quijote. La mano que aparece, como si fuera a abrir el libro, es de la propia autora.

¿Lo que más me gustó de ambos?


La sencillez. Ni uno ni otra van de divo (habiendo alcanzado la cima)
Trapiello es simpatiquísimo y C. Laffón, es retraida, muy delicada, como sus cuadros.
Las vistas del Coto de Doñana a diversas horas y luces del día son maravillosas.

Una gran experiencia




miércoles, 12 de noviembre de 2014

Martes noche

Pobre Reyes, llego de la calle y le espeto ¡deja todo y vamos a darnos una vuelta, que está Sevilla esplendida esta noche!

Me mira como se mira al loco. Se aparta un mechón de pelo sobre la cara mientras va partiendo los panes y retira del fuego las salchichas y le pone el vaso de batido de chocolate a Santi y conmina a Reyes para que se meta en el baño y recoge la falda del uniforme que Pilar ha dejado en el suelo..
Salgo de la cocina, enfurruñado, vencido por la rutina.

Poco más tarde, los niños están tranquilos y duchados, los peques en la cama.

¿Salimos ahora?- me dice.

El aire es fresco pero no frío, la calle en calma, la Giralda iluminada, alta y sola, el Archivo de Indias, con su geometría herreriana, perfecto como el instante… un guitarrista toca una canción llena de melancolía, sus notas claras, nítidas, repican en la noche cóncava. Unos paseantes le echan unas monedas. Nuestras sombras juntas se dibujan, a la luz de las farolas, sobre los adoquines.
Media hora después entramos de nuevo en casa. Son poco más de las diez. Una lamparita sobre el escritorio, ilumina, tenuemente, el salón en penumbra. Los niños están dormidos.
Esta noche nos hemos pasado.
¡Hemos echado la casa por la ventana!

lunes, 10 de noviembre de 2014

Educar en libertad

Escuchando en el coche las noticias sobre el referéndum de pacotilla, mi hijo Manolo (8 años) exclama: Papá, yo cuando sea mayor no voy a votar porque eso es un rollo y no me interesa. (Realmente sólo le interesa el futbol). Los dos mayores (12 y 13) si denotan mayor entusiasmo y se preguntan a quién votarán.
Yo les respondo que no se preocupen, que ya les diré yo a quien tienen que votar.
Ellos se ríen, como si fuera una broma.
Yo votaré a IU, dice Ignacio desafiante (no sabía yo que él sabía lo que eso significaba).
Por supuesto que sí- digo- libertad ante todo, pero entonces tendrás que salir de esta casa.

¡Oh, tiempo!

A.R en su entrada de hoy nos va regalando enlaces espléndidos. En uno de ellos leo este verso:
"Cuando crezca
mi hijo, ¿qué haré yo sin el don de su infancia?".

…Lo leo y se me encoje el corazón.
Todos los días cuando están acostados y me paso por sus habitaciones, qué dulzura en el rostro dormido de un niño, que vulnerabilidad la de sus cuerpos desmadejados, lo pienso.
Pilar, la pequeña, va a cumplir seis años, y todavía me pide que le cuente un cuento cuando se va a la cama. Y son tantas las veces que le digo, cansado, hoy no, que es muy tarde, o se lo cuento a regañadientes, porque me pierdo, ¡oh, el telediario, o la estúpida película!...y sin embargo son pocos los instantes que nos quedan y sé positivamnete del vacío que nos quedará después porque

"cuando crezca
mi hijo, ¿qué haré yo sin el don de su infancia?".

viernes, 7 de noviembre de 2014

Concierto para violin en Re mayor Op.77

El sólo de violín del concierto de Brahms es tan hermoso que cuando lo escucho me veo de nuevo en mi casa sentado en el sofá del salón, con quince o dieciséis años.
El sol de la tarde de invierno atraviesa las cortinas e incide en los ceniceros de plata y cristal, en el cobre del macetero reluciente, en los marcos con las primeras fotos nuestras “en color”, en los cristales de la vitrina con los abanicos, en el pisapapeles del escritorio y en la taza de café humeante cuya cucharilla lanza destellos.
Qué silencio. En la salita los demás ven la tele: Sesión de tarde. Es sábado. Cierro el libro que dejo señalado con el dedo, cierro también los ojo y me arrellano entre los almohadones hasta que se extingue la última nota, deliciosa, delgadísima, de la cuerda de un violín que está a punto de romper, como yo, a llorar…
El disco de microsurco suena con una pureza prístina en los altavoces Pioneer de alta fidelidad de mi padre.
Silencio…
Escucho el sonido brusco, inconfundible del brazo de la aguja que se levanta del plato y vuelve a su sitio. El círculo negro y brillante gira unos segundos hasta que se para.
Abro los ojos de nuevo.
He levantarme a poner la Cara B.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Aunque podemos, no debemos.

En una sociedad en la que se ha perdido el sentido moral, empezando por el sentido de la vida, (como muestras la legalización del aborto y la eutanasia, la equiparación de personas y animales, Excalibur), es comprensible que la corrupción campe a sus anchas. Al lado de aquello, robar dinero público es una insignificancia, siempre que no me cojan.
Es ahí donde está el quid, la impunidad. El hombre moral se rige por su conciencia lo vea o no la sociedad. Cuando el criterio moral falla, o no existe, la sociedad se corrompe de pleno, porque Quis custodiet ipsos custodes?
Se necesita una regeneración ética que cale en las conciencias.
Lo desalentador es que la sociedad, en tiempos de crísis, en lugar de regenerarse desde dentro del sistema, prefiere su autodestrucción, como ha ocurrido tantas veces en la historia, y ahí tenemos a Podemos, como surgieron los totalitarismos extremos tras la Gran Guerra, Nazis y comunistas, como surge Le Pen y sus secuaces en Francia…
Aunque podemos, no debemos romper el sistema, si lo hacemos lo lamentaremos largamente.

domingo, 2 de noviembre de 2014

MARRUECOS, TAN LEJOS, TAN CERCA...

 

Tenía que impartir unos cursos en ciudades españolas y marroquíes. Uno de esos programas de cooperación transfronteriza…

Tánger y su Tetuán son fascinantes.
 Marruecos es otro mundo.
Sólo a tres horas de Sevilla, más cerca que Madrid. Menos de dos horas hasta Tarifa y cuarenta minutos el ferry del Estrecho.
Y se entra en una cultura distinta y exótica. Tan cerca... tan lejos.
Pasear por Tánger es hacerlo por una España de hace años. Todo está igual…es la sensación de que el tiempo se ha detenido, como en el cuento de la bella durmiente… las casas, las tiendas, los cines, los portales, las calles…
Esos pequeños comercios de ultramarinos de maderas y botes y latas y productos ordenados hasta el techo, y el mostrador y los sacos con legumbres… y las frutas… y las especias…
Los edificios art decó y racionalistas, intactos…los suelos de mármol, los azulejos, las barandillas de las escaleras de madera, los ascensores antiguos, las rejas, los portajes… todo es original. Cierto que muy descuidado pero no han sido objeto de las reformas horteras de los edificios españoles, cuando no la mera destrucción, y no han sido sustituidos por porcelanosas y mármoles brillantes, ni plástico, o metacrilato, ni azulejos baratos de cuarto de baño…
En Tetuán entré en un cine y despertó en mi sensaciones perdidas…no me acordaba ya de esos grandes locales que atisbé aun cuando era pequeño, antes de la llegada de los multicines, con sus lámparas, sus terciopelos, sus espejos, los tablones con las fotos de los momentos más interesantes en el vestíbulo o en la calle, donde los niños cuando salíamos nos agrupábamos y decíamos ah, esto es cuando ...y esto... y esto ... con su “ambigú” con una vieja que vende chocolatinas y caramelos y garrapiñadas y mirindas y toblerones y coca colas...con su gigantesca pantalla, con su olor a ambientador, con acomodadores y linternas.... En Sevilla han desaparecido… ya no me acordaba, pero cuando entré en ese “Cine Español” volví a los 7 u 8 años, a las pipas, a Tarzán y a los buenos que acaban con los indios al son del séptimo de caballería y el ruido de los aplausos del público emocionado...
Un buen fotógrafo disfrutaría enormemente; con un buen ojo, se puede lograr transmitir esa fascinación, esa autenticidad, ese ambiente inefable, esas sensaciones, esos colores, esa diferencia, ese asombro…
Yo con mi móvil y mis limitaciones no puedo sino intentar reflejar, como una leve imagen en un espejo empañado, esa brillante realidad.