NAVIDAD SIGLO XXI
Suena el móvil de María,
es verdad, no puede ser
eso es una tontería
Pero bueno, me da igual
imaginad, por un día
Es Melchor, -¿que donde está
ese dichoso portal?-
Por detrás se oye a Gaspar
-Cuelga que estas conduciendo
y el guardia te va a multar-
¡Ah, por fin una señal
“Hacia el castillo de Herodes”
No reniegues Baltasar
Y tu Gaspar, no me empieces
Anda mira, por favor
lo que dice el GPS
María mirando al niño
sonríe paciente y bella
-Melchor, seguid a la estrella…
que es la más certera guía
y no te fíes tanto de
las nuevas tecnologías…
Siguen su camino, pues
en Camello. Hay caravana
es puente en Jerusalén
¡El censo, lo que faltaba!
Atasco. La gente sale
buscando el fin de semana
¿Le has dado pienso al camello?
¿No? la estación de servicio
está colapsada ¡anda!
en el Kilómetro Diez
hay una estación de Campsa
Por fin vieron el portal
Melchor ahora se hace un selfie
y lo cuelga en Instagram
Oh, el lucero se ha parado
¿Qué ruido es ese? ¿qué pasa?
-No te preocupes, Gaspar
es que me ha sonado el Whats Apps-
-Es Herodes, un mensaje
que tiene mucho interés
y no olvidemos decirle
donde se encuentra ese Rey
si no vamos a palacio
que se le escriba un email
Una pastora se acerca
lleva una oveja, y un queso
se arrodilla ante la cuna
y le da a Jesús un beso
La escena es tan bonita
tan tierna y tan memorable
que un periodista que pasa
lo ha trasmitido por cable
La dueña de la posada
como es la que vive al lado
ha hecho un video, por sorpresa
y ya está en Facebook, colgado
Y el Twitter está que arde
el Hastag #niño Jesús
trending topic de la tarde
¿Qué es lo que ha pasado aquí?
en una hora ha recibido
más de un millón de retwItt
Los tres Reyes se abren paso
como pueden, pobrecillos
¡Los Pastores y pastoras
vayan abriendo un pasillo!
Oh, que hermosura, que encanto
-¡Si el niño está ya criado!-
-¿Que le das, Virgen María?-
-preguntan los Reyes Magos
Y van dejando su ofrenda
y van abriendo sus cofres
y un olor maravilloso
se extiende sobre la noche
Y dirección al portal
¡vaya la cola de coches!
Está todo colapsado
una mula, Dos Caballos…
José, asoma la cabeza
¡Ay Jesús, María y yo!
¿A dónde va tanta gente?
¡Ahora que hacemos, por Dios…!
Mas de pronto otra vez suena
el móvil, otro mensaje
es del ángel: ¡huye, huye
que Herodes es un malage!
-¡María, coge los bártulos
más deprisa que despacio
y vámonos, que nos vamos
que recibí un chivatazo-
Y sin pensárselo más
huyendo se van a Egipto
por la puerta de detrás
En tanto llegó la radio
también las televisiones,
más de cien mil pastorcillos
y los soldados de Herodes
¡Dejen paso a los soldados!
-¡Han huido, han huido!-
Callan las redes sociales
apagón informativo
¡Ay, Jesús, José y María!
el portal ¡está vacío!
Ignacio Trujillo Berraquero. Navidad 2014
jueves, 18 de diciembre de 2014
martes, 16 de diciembre de 2014
DULCE MAÑANA DE ADVIENTO
La mañana que había que poner el nacimiento amaneció accidentada, por no decir, ensangrentada.
Los niños potreaban como cafres, su madre, que siempre está al quite, estaba ocupada en la cocina, y yo medio dormido, en la cama.
Después me enteré que jugaban con un globo, los cinco luchando por él, que volaba entre el gran espejo dorado y el escritorio del salón. ¡Bum-bum! el ruido era estremecedor. No me dio tiempo de levantarme a pegar dos gritos, antes llegó Reyes - ¡Papá, papá, Santi se ha hecho una brecha! ¡Se ha dado contra la rodilla de Ignacio!
No daba crédito ¡ojalá no, ojala no! - me decía, cruzando los dedos. Aún en la cama se acerco el niño llorando, no demasiado, porque no se atrevía, ya que yo reñía enfurecido… ¡lo estaba viendo! ¿Pero qué juegos son esos? Parecéis brutos… no podéis estar solos… y daban ganas de gritar, como en una comedia española ¡¡Paverse matao!! ¡¡Paverse matao!!
Efectivamente, necesitaba puntos…¡oh, vaya, me esperaba una mañana de hospital!
Me vestí, con un mal cuerpo horrible, después me enteré que tenía fiebre, y un humor de perros.
Todo me salía mal, me olvidé el móvil en casa, el periódico en el kiosco, sólo me llevé el absurdo suplemento dominical, y allí me vi, esperando mi turno entre niños llorosos y tosientes, sin nada que leer, ni que hacer.
Por megafonía llaman a uno, acto seguido a mí, el 7454… ¡uf, por fin! Cuando entro, el de antes, que no aparecía, apareció… otra vez a esperar… la falsa alarma me crispó aún más los nervios… me puse a dar vueltas por la sala de espera a grandes pasos, entraba por una puerta y salía por otra. Me decía a mi mismo que me calmara… pero no podía (me tranquilizó, a su vez, el saber, después, que estaba enfermo, no mental, claro, sino con gripe).
Salí a comprar otro periódico, en el ínterin llamaron. Santi el pobre decía que su papá había salido un momento. Por fin entramos. Dos grapas. La enfermera, amabilísima, daba al niño los abrazos que no recibía de su padre, y este contenía las lágrimas, que yo no le dejaba soltar. -Y no se llora, ¿eh? - le conminaba- después de la mañana que me llevas dada…
Al final se comportó como un valiente y yo le daba besos y le cogía la manita, en el coche, de regreso, ya de mejor humor.
Llegamos a casa a la hora de comer. Por la tarde pondríamos el Belén, por la mañana ya lo habían armado ellos solitos…
Los niños potreaban como cafres, su madre, que siempre está al quite, estaba ocupada en la cocina, y yo medio dormido, en la cama.
Después me enteré que jugaban con un globo, los cinco luchando por él, que volaba entre el gran espejo dorado y el escritorio del salón. ¡Bum-bum! el ruido era estremecedor. No me dio tiempo de levantarme a pegar dos gritos, antes llegó Reyes - ¡Papá, papá, Santi se ha hecho una brecha! ¡Se ha dado contra la rodilla de Ignacio!
No daba crédito ¡ojalá no, ojala no! - me decía, cruzando los dedos. Aún en la cama se acerco el niño llorando, no demasiado, porque no se atrevía, ya que yo reñía enfurecido… ¡lo estaba viendo! ¿Pero qué juegos son esos? Parecéis brutos… no podéis estar solos… y daban ganas de gritar, como en una comedia española ¡¡Paverse matao!! ¡¡Paverse matao!!
Efectivamente, necesitaba puntos…¡oh, vaya, me esperaba una mañana de hospital!
Me vestí, con un mal cuerpo horrible, después me enteré que tenía fiebre, y un humor de perros.
Todo me salía mal, me olvidé el móvil en casa, el periódico en el kiosco, sólo me llevé el absurdo suplemento dominical, y allí me vi, esperando mi turno entre niños llorosos y tosientes, sin nada que leer, ni que hacer.
Por megafonía llaman a uno, acto seguido a mí, el 7454… ¡uf, por fin! Cuando entro, el de antes, que no aparecía, apareció… otra vez a esperar… la falsa alarma me crispó aún más los nervios… me puse a dar vueltas por la sala de espera a grandes pasos, entraba por una puerta y salía por otra. Me decía a mi mismo que me calmara… pero no podía (me tranquilizó, a su vez, el saber, después, que estaba enfermo, no mental, claro, sino con gripe).
Salí a comprar otro periódico, en el ínterin llamaron. Santi el pobre decía que su papá había salido un momento. Por fin entramos. Dos grapas. La enfermera, amabilísima, daba al niño los abrazos que no recibía de su padre, y este contenía las lágrimas, que yo no le dejaba soltar. -Y no se llora, ¿eh? - le conminaba- después de la mañana que me llevas dada…
Al final se comportó como un valiente y yo le daba besos y le cogía la manita, en el coche, de regreso, ya de mejor humor.
Llegamos a casa a la hora de comer. Por la tarde pondríamos el Belén, por la mañana ya lo habían armado ellos solitos…
domingo, 14 de diciembre de 2014
UN ENTIERRO DE PRIMERA
Cuando vengo del entierro de Fito, lo hago con una sonrisa.
Entramos todos con el semblante tristísimo, pero el sacerdote, que lo conocía bien, nos hizo reír. Comenzó con unas palabras - Rafael, eres un bicho y el día que naciste caíste de cabeza y… Fito le retó en vida a que no se atrevería a decir esas palabras en su entierro…
Fito era un descreído, volteriano, y simpático hasta decir basta. Socarrón, divertidísimo, y una gran persona, amigo de sus amigos, generoso y cabal…
Soy ateo por la gracia de Dios, dijo el cura que le decía… ¿Me salvaré, padre? en sus largas conversaciones en el despacho del párroco.
Todos nos sonreíamos en la homilía…
Finalmente, su cuerpo fue rociado con agua bendita, rememorando el agua del Bautismo y de la Gracia. No pudo ser con el vino de la botella “Cardenal de Cózar” que el propio párroco guardaba en su despensa, como le había instado fervientemente el fallecido.
Jesús Bigorra leyó un poema, impresionante, donde el escritor hacía balance de su vida. La emoción embargo a todos cuando fue hablando de sus amigos, allí presentes, su mujer y su hija, desconsoladas… y su propia muerte, "...Este escrito, también provisional, / algún día completará, sin duda, / mi personal historia, / allá en diciembre, / en un balance final definitivo".
Arturo Pérez Reverte, no se quiso ir sin unas palabras de despedida, en la que relato algunas anécdotas que lo describían, su carácter y su bonhomía.
Cuando lo conocí, hace años, estuvo hablando durante un buen rato con gran desparpajo, y muy en serio de sus orígenes aristocráticos, de “mamá” y “tía no se qué”, y sus posesiones y grandes latifundios… una amiga pronto me desengañó - no te creas nada- me dijo - ni tiene fincas, ni ancestros tan ilustres ni nada de nada- él es así. Y verdaderamente se inventó una historia divertidísima y asombrosa sobre la marcha.
Me dedicó un poema jocoso, en mi despedida de la Cámara de Comercio, su mujer Natalia, se los pidió para mí. Los guardo con gran estima.
Ha sido un entierro singular, único, como él. Entre lágrimas y risas, empezando por el oficiante. Seguro que le ha gustado.
Fito que ha muerto como vivió, con las botas puestas, amando la vida y las letras, hasta el punto que lo hizo intentando salvar del fuego su querida y valiosa biblioteca.
Tus palabras impresas, y tu vida jocunda siempre estarán ahí, libres del humo y del fuego
Fito, que la tierra te sea leve. Que el Dios, del que dudabas, te haya dado la gran sorpresa de tu vida.
Entramos todos con el semblante tristísimo, pero el sacerdote, que lo conocía bien, nos hizo reír. Comenzó con unas palabras - Rafael, eres un bicho y el día que naciste caíste de cabeza y… Fito le retó en vida a que no se atrevería a decir esas palabras en su entierro…
Fito era un descreído, volteriano, y simpático hasta decir basta. Socarrón, divertidísimo, y una gran persona, amigo de sus amigos, generoso y cabal…
Soy ateo por la gracia de Dios, dijo el cura que le decía… ¿Me salvaré, padre? en sus largas conversaciones en el despacho del párroco.
Todos nos sonreíamos en la homilía…
Finalmente, su cuerpo fue rociado con agua bendita, rememorando el agua del Bautismo y de la Gracia. No pudo ser con el vino de la botella “Cardenal de Cózar” que el propio párroco guardaba en su despensa, como le había instado fervientemente el fallecido.
Jesús Bigorra leyó un poema, impresionante, donde el escritor hacía balance de su vida. La emoción embargo a todos cuando fue hablando de sus amigos, allí presentes, su mujer y su hija, desconsoladas… y su propia muerte, "...Este escrito, también provisional, / algún día completará, sin duda, / mi personal historia, / allá en diciembre, / en un balance final definitivo".
Arturo Pérez Reverte, no se quiso ir sin unas palabras de despedida, en la que relato algunas anécdotas que lo describían, su carácter y su bonhomía.
Cuando lo conocí, hace años, estuvo hablando durante un buen rato con gran desparpajo, y muy en serio de sus orígenes aristocráticos, de “mamá” y “tía no se qué”, y sus posesiones y grandes latifundios… una amiga pronto me desengañó - no te creas nada- me dijo - ni tiene fincas, ni ancestros tan ilustres ni nada de nada- él es así. Y verdaderamente se inventó una historia divertidísima y asombrosa sobre la marcha.
Me dedicó un poema jocoso, en mi despedida de la Cámara de Comercio, su mujer Natalia, se los pidió para mí. Los guardo con gran estima.
Ha sido un entierro singular, único, como él. Entre lágrimas y risas, empezando por el oficiante. Seguro que le ha gustado.
Fito que ha muerto como vivió, con las botas puestas, amando la vida y las letras, hasta el punto que lo hizo intentando salvar del fuego su querida y valiosa biblioteca.
Tus palabras impresas, y tu vida jocunda siempre estarán ahí, libres del humo y del fuego
Fito, que la tierra te sea leve. Que el Dios, del que dudabas, te haya dado la gran sorpresa de tu vida.
jueves, 11 de diciembre de 2014
Bajo el Arco
Era la tarde del día de la Inmaculada. El Centro estaba imposible. La gente había salido en masa a la calle para ver las luces de Navidad, por eso me tuve que desviar con la bicicleta. Venía de recoger a Manolito del Betis (había ganado el Mallorca, creo) él iba relatando la épica del partido, que a mí, ni me va ni me viene, aunque de vez en cuando suelto unos ah, oh, para crear ambiente...
Era ya de noche y hacía un frío que pelaba, ambos con las bufandas, él la verde del equipo, y nos topamos con un coro de campanilleros cantando bajo el Arco del Postigo a la Pura y Limpia.
Sin esperarlo, ni buscarlo (la providencia) fue un momento único. Cuánto me emocionó oír esos villancicos tradicionales, la pandereta de pellejo, las botellas de aguardiente, los cascabeles... aquel frío, aquel humo del puesto de castañas a lo lejos, las luces de colores bajo las que paseaba la gente allá en la Avenida, y aquí, bajo el arquillo único que queda de la ciudad amurallada, la Virgencita, barroca, en su retablito de encaje de oro, a las que tantas generaciones de sevillanos han venerado, y que despedía o recibía al caminante, bajo esa advocación tan nuestra, tan de Sevilla, que ensalzaron Murillo y Vazquez de Leca y Miguel del Cid, y a la que las hermandades juraron defender con su sangre...
Todo eso, que se lleva dentro, surge como un resorte, y casi se me nubló la vista.
Seguía sonando la música profunda, popular, con sabor a madrugadas de pueblo, a auroras del Aljarafe, con olor a mosto, a leña, a pan.
Venga vámonos- me tira Manolito de la mano- que estoy muerto de frío, (como el niño de la canción que viene medio en cueros… pienso yo)
Nos alejamos de allí en la bici y seguían las campanillas, las guitarras... "en el cielo se alquilan balcones para un casamiento"... se perdía cada vez más leve el soniquete antiguo, venerable, inmemorial, que hizo despertar en nosotros ecos de navidades pasadas, desconocidas, no vividas, pero que de algún modo, no sé cómo, hemos heredado y también llevamos dentro.
Era ya de noche y hacía un frío que pelaba, ambos con las bufandas, él la verde del equipo, y nos topamos con un coro de campanilleros cantando bajo el Arco del Postigo a la Pura y Limpia.
Sin esperarlo, ni buscarlo (la providencia) fue un momento único. Cuánto me emocionó oír esos villancicos tradicionales, la pandereta de pellejo, las botellas de aguardiente, los cascabeles... aquel frío, aquel humo del puesto de castañas a lo lejos, las luces de colores bajo las que paseaba la gente allá en la Avenida, y aquí, bajo el arquillo único que queda de la ciudad amurallada, la Virgencita, barroca, en su retablito de encaje de oro, a las que tantas generaciones de sevillanos han venerado, y que despedía o recibía al caminante, bajo esa advocación tan nuestra, tan de Sevilla, que ensalzaron Murillo y Vazquez de Leca y Miguel del Cid, y a la que las hermandades juraron defender con su sangre...
Todo eso, que se lleva dentro, surge como un resorte, y casi se me nubló la vista.
Seguía sonando la música profunda, popular, con sabor a madrugadas de pueblo, a auroras del Aljarafe, con olor a mosto, a leña, a pan.
Venga vámonos- me tira Manolito de la mano- que estoy muerto de frío, (como el niño de la canción que viene medio en cueros… pienso yo)
Nos alejamos de allí en la bici y seguían las campanillas, las guitarras... "en el cielo se alquilan balcones para un casamiento"... se perdía cada vez más leve el soniquete antiguo, venerable, inmemorial, que hizo despertar en nosotros ecos de navidades pasadas, desconocidas, no vividas, pero que de algún modo, no sé cómo, hemos heredado y también llevamos dentro.
martes, 9 de diciembre de 2014
Amor entre las flores o la casualidad
Fuí a comprar el árbol de Navidad. En el vivero, lejísimos, en las afueras de la ciudad, mientras estoy pagando, el jardinero, un rumano o así, flirtea con una chica, mientras yo pago con la tarjeta. Le pide su teléfono para salir a cenar. Ella le sugiere que mejor una cerveza, que está la cosa mu achuchá. Él le responde muy galantemente que no se preocupe, que él invita.
Me voy dandole vueltas a la cabeza mientras conduzco, (el árbol me roza la cara) qué ocurrirá finalmente con este idilio entre las flores y que bien pudiera ser el inicio de una novela.
Cuando llego a casa de mi suegra, a dejar unas macetas, cedo el paso a una joven en la portería, lleva una bolsa con macetas, nos miramos y, oh, nos reconocemos, ella es la chica del vivero.
Estas casualidades, si fueran la clave de una novela, dirían que es mentira.
¡Si, hombre, en una ciudad de un millón de habitantes, te encuentras una chica que no has visto en tu vida en un vivero y media hora después es la vecina del quinto!
Me voy dandole vueltas a la cabeza mientras conduzco, (el árbol me roza la cara) qué ocurrirá finalmente con este idilio entre las flores y que bien pudiera ser el inicio de una novela.
Cuando llego a casa de mi suegra, a dejar unas macetas, cedo el paso a una joven en la portería, lleva una bolsa con macetas, nos miramos y, oh, nos reconocemos, ella es la chica del vivero.
Estas casualidades, si fueran la clave de una novela, dirían que es mentira.
¡Si, hombre, en una ciudad de un millón de habitantes, te encuentras una chica que no has visto en tu vida en un vivero y media hora después es la vecina del quinto!
miércoles, 3 de diciembre de 2014
Domenica prima Adventus
Existe una belleza oculta e íntima, que nos hace felices y sigue manteniendo el encantamiento al que nos tiene sometido.
El domingo por la tarde paseamos por unas calles solitarias y oscuras en las que resonaban nuestros pasos, pues no había un enjambre de turistas siguiendo un paraguas rojo, ni un montón de tiendas abiertas exhibiendo sus baratijas cutres sobre las viejas fachadas, ni veladores con manteles de cuadros y paella fría y sangría caliente…
La ciudad estaba dormida, y nosotros estábamos soñando con ella.
Llegamos a ese patinillo desconocido, donde moría la tarde sobre el empedrado pulido por los pasos perdidos de aquellos que se fueron.
Allí hay una hermandad antigua, secreta, alejada de la fama y el calor de la gente. Es un reducto donde, pocos, siguen las reglas de los siglos.
La Escuela de Cristo, fundada en 1662.
Esta iglesia pequeña está en la trasera de la gran parroquia de Santa Cruz, en un adarve sin salida, en un camino que no conduce a ningún sitio. Allí nos encontramos, era la primera vez que íbamos, una escenografía del pasado, tal como los grabados del XVIII, con doseles, y plumas polvorientas coronándolo, como antes en los túmulos de los Reyes o en los Monumentos desaparecidos del Jueves Santo…
Unos altares exponiendo las vajillas de plata labrada, aguamaniles, bandejas, relicarios, elaborados con plata mexicana traída en los galeones, cuando aún el Río Grande era un caudal de oro.
Unos altares exponiendo las vajillas de plata labrada, aguamaniles, bandejas, relicarios, elaborados con plata mexicana traída en los galeones, cuando aún el Río Grande era un caudal de oro.Unos bancos laterales corridos forman un claustro en cuyo centro confesaban sus culpas los antiguos hermanos y fustigaban sus cuerpos en penitencia pública. Hoy ya no, aunque no estén libres de aquellas o necesitados de esta.
El Cristo de Astorga casi preludia esas imágenes decimonónicas que poco después se irán repitiendo hasta la saciedad y que culminan en “la escuela de Olot”, tan pavorosa, tan de cromo, tan de capilla neogótica y colegio de monjas de niñas bien, que ahora ya nos comienzan, incluso, a parecer conmovedoras…

Salimos, bajo los naranjos de invierno, sin fruto ni flor, a la calleja estrecha de silencio y sosiego.
Y, oh sorpresa, unos faroles de hierro forjado en las jambas de un portalón, nos descubrieron una casona antigua que nunca habíamos visto antes, estos secretos que nos regala Sevilla todavía, y que han convertido, salvándola de una ruina casi segura, en un hotel.Y el patio restaurado conservaba la atmosfera barroca y suntuosa de la Ciudad que fue, cuando se disfrazaba para ocultar un pasado triunfal y suntuoso que desaparecía… los colores ocres, la fuente, el bronce de esculturas tensionadas, las palmeras, las plantas olorosas… los arcos, las pilastras, las cornisas, las rejas… un ambiente profuso, ofuscante, sugerente, recargado...

Poco después entramos en otro nuevo hotel, que ocupa una de las casas más señeras de la ciudad, de una familia genovesa enriquecida con el comercio de Indias, los Pinello. Estaba ruinosa, pero conserva una fachada imponente, a cuyos balcones, dicen que se asomaba Rosina, y era requebrada por el conde Almaviva.
Pero, ay, el patio grande, de doble arcada, ha sido restaurado al minimalista modo, tan blanco, tan moderno, tan limpio, tan aséptico que parece un hospital. Mejor así que en ruinas, pero no se escuchan los ecos de Fígaro, o el clave temperado en el que ensaya su música la dama… sino la megafonía de la sala de espera que llama al cirujano a la mesa de urgencias.
Desde las azoteas se veía la Giralda, y cuando salimos al pie de ella, las casas, sumidas en el silencio de la noche calma, guardaban sus íntimos secretos tras las cortinas cerradas.
Qué paz. Las estrellas, apagadas aun, nos llenaron de gozo, premonición de unas Pascuas que se atisban, jubilosas, desde este primer Domingo de Adviento.
lunes, 1 de diciembre de 2014
FIEBRE DE SÁBADO NOCHE
De pronto estábamos solos… Los tres mayores se quedaron a dormir en casa de mi madre, Santi estaba en el campo en casa de un amigo. Y Pilar… Llamé a mi cuñado y se la encasquetamos...
¡Oh, noche de sábado free!
Sin tener nada previsto leí en el periódico la cartelera. A las ocho “Diplomacia” V.O.S en el Avenida. No había oído hablar de ella, pero con internet me hice una idea. No nos defraudó. Es más me gustó mucho. Es una obra de teatro realmente, que transcurre en un solo escenario, la lujosa habitación de un palacete parisino. Dos grandes actores, uno hace de General alemán y otro de diplomático sueco, luchan, dialécticamente, por salvar o destruir Paris antes de la llegada de los Aliados.
El final ya se sabe, pero París es mucho Paris, y aun estando latente y a veces vislumbrado a través de la ventana, sobrevuela toda la obra y subyuga. Tanto se hubiese perdido si la locura hubiese culminado. Y, esto es lo dramático, pudo haber sido así.
En todo caso la disyuntiva moral no causa demasiada tensión, porque la balanza está tan desequilibrada, que pierde profundidad la tragedia. Incluso, cuando se nos informa de que pueden morir la mujer e hijos del General Nazi si este no obedece la orden, el drama se diluye, porque ante la muerte de un millón y medio de personas y la destrucción de todo París qué respuesta cabe sino el sacrificio.
Más verosímil resulta el fanatismo, que se generalizó, derivado de la obediencia ciega y pervertida al Fuhrer, al honor, a la patria. Sí, puedo imaginarme un psicópata, frío y miserable, asesinando sin remordimientos un millón de judíos o apretando el botón que volará la Ciudad de la Luz, porque obedece ordenes superiores que le eximen de responsabilidad.
Los actores salvan una película, que sin llegar a la excelencia, durante una hora y media, con pocos recursos, tiene al espectador interesado, y, al menos en mi caso, se hace corta.
A la salida del cine era la hora perfecta para el tapeo.
Ojú, con Sevilla, estaba hasta los topes… ¿Quién dijo crisis? Parecía que regalaban las cosas…
En los gastrobares pijo-monos de diseño que están de última no cabía un hipters más…
La Brunilda, super chic, hasta la bola, 16 mesas en espera… Ovejas Negras llena de ellas, enfrente La Mamarracha, (los nombrecitos se las traen) con su poquito de cocina fusión, cocina de autor y una pizca de tradicional con un punto internacional, con la gente prácticamente subida a la barra y llegando al techo con sus copazos balón de tinto wueno, wueno y gin tonics cargados de esencias varias, jengibres, eneldos y demás avíos pertinentes y necesarios…
En fin, tras procelosa travesía de bar en bar, llegamos a puerto en Petit Comité, en la calle Dos de Mayo, pero en la barra de fuera, o sea, que el interior estaba empetado, aunque, eso sí, de caras conocidas…
Allí el huevo de granja sobre lecho de patatas y cebolla poché coronado de foie fresco a la plancha, hizo nuestras delicias, y unas aceitunas modernísimas tan chicas como garbanzos, y la presa ibérica con salsa de no sé qué (pero agridulce, por supuesto) y un vino blanco fresco y aromático en copa de fino cristal, grande como un guardabrisas de un candelabro de cola…
Al final recalamos en la hamburguesería gourmet, como no, de la calle Albareda, porque en el Zelay, justo al lado, parecía que tiraban los platos de tataki de atún rojo de almadraba, o sus famosos risottos templados…
Andandito, calmosamente, llegamos a una casa solitaria, como recién casados, con todas las camas sin deshacer, impolutas… los cuartos vacíos.
¡Qué va! ¡no tuvimos el síndrome del nido vacío, para nada!
A la mañana siguiente nadie nos despertó.
¡Oh, noche de sábado free!
Sin tener nada previsto leí en el periódico la cartelera. A las ocho “Diplomacia” V.O.S en el Avenida. No había oído hablar de ella, pero con internet me hice una idea. No nos defraudó. Es más me gustó mucho. Es una obra de teatro realmente, que transcurre en un solo escenario, la lujosa habitación de un palacete parisino. Dos grandes actores, uno hace de General alemán y otro de diplomático sueco, luchan, dialécticamente, por salvar o destruir Paris antes de la llegada de los Aliados.
El final ya se sabe, pero París es mucho Paris, y aun estando latente y a veces vislumbrado a través de la ventana, sobrevuela toda la obra y subyuga. Tanto se hubiese perdido si la locura hubiese culminado. Y, esto es lo dramático, pudo haber sido así.
En todo caso la disyuntiva moral no causa demasiada tensión, porque la balanza está tan desequilibrada, que pierde profundidad la tragedia. Incluso, cuando se nos informa de que pueden morir la mujer e hijos del General Nazi si este no obedece la orden, el drama se diluye, porque ante la muerte de un millón y medio de personas y la destrucción de todo París qué respuesta cabe sino el sacrificio.
Más verosímil resulta el fanatismo, que se generalizó, derivado de la obediencia ciega y pervertida al Fuhrer, al honor, a la patria. Sí, puedo imaginarme un psicópata, frío y miserable, asesinando sin remordimientos un millón de judíos o apretando el botón que volará la Ciudad de la Luz, porque obedece ordenes superiores que le eximen de responsabilidad.
Los actores salvan una película, que sin llegar a la excelencia, durante una hora y media, con pocos recursos, tiene al espectador interesado, y, al menos en mi caso, se hace corta.
A la salida del cine era la hora perfecta para el tapeo.
Ojú, con Sevilla, estaba hasta los topes… ¿Quién dijo crisis? Parecía que regalaban las cosas…
En los gastrobares pijo-monos de diseño que están de última no cabía un hipters más…
La Brunilda, super chic, hasta la bola, 16 mesas en espera… Ovejas Negras llena de ellas, enfrente La Mamarracha, (los nombrecitos se las traen) con su poquito de cocina fusión, cocina de autor y una pizca de tradicional con un punto internacional, con la gente prácticamente subida a la barra y llegando al techo con sus copazos balón de tinto wueno, wueno y gin tonics cargados de esencias varias, jengibres, eneldos y demás avíos pertinentes y necesarios…
En fin, tras procelosa travesía de bar en bar, llegamos a puerto en Petit Comité, en la calle Dos de Mayo, pero en la barra de fuera, o sea, que el interior estaba empetado, aunque, eso sí, de caras conocidas…
Allí el huevo de granja sobre lecho de patatas y cebolla poché coronado de foie fresco a la plancha, hizo nuestras delicias, y unas aceitunas modernísimas tan chicas como garbanzos, y la presa ibérica con salsa de no sé qué (pero agridulce, por supuesto) y un vino blanco fresco y aromático en copa de fino cristal, grande como un guardabrisas de un candelabro de cola…
Al final recalamos en la hamburguesería gourmet, como no, de la calle Albareda, porque en el Zelay, justo al lado, parecía que tiraban los platos de tataki de atún rojo de almadraba, o sus famosos risottos templados…
Andandito, calmosamente, llegamos a una casa solitaria, como recién casados, con todas las camas sin deshacer, impolutas… los cuartos vacíos.
¡Qué va! ¡no tuvimos el síndrome del nido vacío, para nada!
A la mañana siguiente nadie nos despertó.
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