viernes, 26 de abril de 2013

DOS LLAMADAS

I
Llevaba la jeringa rellena con cinco mg de “Apiretal” cuando sonó el teléfono, a las doce menos cinco de la noche, no lo quería coger, pero se abalanzó sobre él.
Escuchó la noticia como desde fuera, y se vio a sí misma como desdoblada ante un espejo.
La tos de su hija la volvió a la realidad y se sentó a los pies de la cama, donde dormía acurrucada, su oso de trapo caído en el suelo, sin saber todavía que era una niña huérfana.

II
Expectante se paseaba en su despacho de la oficina de la Dirección General de Tráfico. Faltaban cinco escasos minutos para su triunfo. Sus medidas habían sido efectivas. Por primera vez en los últimos treinta años, y sólo por uno de diferencia, el número de fallecidos en accidentes había disminuido este fin de semana.
Sonó el teléfono, se apresuró a cogerlo. Soltó un taco. ¡Un maldito motorista le había estropeado las estadísticas!
(Relato breve basado en hechos, desgraciadamente, reales)

jueves, 25 de abril de 2013

Hilos de la intrahistoria

Hojeando los libros de Actas la Diputación de Ceremonias de la Santa Yglesia Catedral Metropolitana de Sevilla, (el archivo Capitular, en un patio de Palacio, entre campanas y trinos, es una delicia)  aunque no tengan nada que ver con el tema de mi tesina, me encuentro sucesos sabrosos, que no me resisto a copiar.

Esto sucedió en mayo de 1828 y debío de ser sonado ya que el Secretario, con su letra cuidada, lo dejó plasmado solicitando su corrección:

"(...) lo acaecido en una de las noches anteriores, en que un capellán de coro no besó la mano al tiempo de presentarle la naveta y dar la cuchara con el incienso al Sr. Preste, resistiendose y manifestando con voz descompasada que no quería ni es su obligación, llamando la atención de los fieles con la desobediencia y falta de respeto, para que informe sobre la insinuada ceremonia de besar la mano y contener abusos en lo sucesivo."

Reunida la Diputación de ceremonias concluye que esta costumbre:

"Siempre se ha observado en esta Santa Yglesia, besar la mano y cuchara (...) y los Sres Visitadores y capellanes les hagan entender es de rúbrica y que deben cumplir con ellas, amonestandole para que no se repitan excesos semejantes".

Así que ya saben, no olviden nunca besar la mano y la cuchara del incienso cuando les sean presentados en el Altar Mayor y por favor no griten, que no es para tanto.

« SPE SALVI facti sumus »: Justicia para ella.

Pensaba escribir hoy sobre la hermosa buganvilla que ha florecido en mi azotea contra todo pronóstico, pero la desoladora noticia de esa madre que ayer murió con el corazón destrozado por la muerte de su hijo la noche de Reyes Magos, me lo impiden y me trae a la cabeza estas palabras de Benedicto XVI:

Estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. La necesidad meramente individual de una satisfacción plena que se nos niega en esta vida, de la inmortalidad del amor que esperamos, es ciertamente un motivo importante para creer que el hombre esté hecho para la eternidad; pero sólo en relación con el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y de la vida nueva.

No, la injusticia NO ES, no puede ser, la última palabra.

Con Cristo Resucitado estamos confortados en la esperanza.

miércoles, 24 de abril de 2013

¡A la feria!

Llevo varios días dejándolo, pero hoy al leer el artículo de mi admirado EGM, sobre sus razones para ir/no ir a la feria, me animo a expresar las mías a favor.
La de éste es incontestable, ¿qué mejor que ir a la feria por amor?...
La Feria de Sevilla es un espectáculo fascinante, bellísimo en el que, en un desbordamiento estético inigualable, la Ciudad quiere proyectar lo mejor de sí.
¿Es una ficción, un teatro? Ciertamente. Pero no una falsedad.
Esa ciudad provinciana, campera y adormilada tras los fastos del  Descubrimiento, que en el XIX , cuando se crea la fiesta, vive de las rentas, se hace presente, con todo el refinamiento acumulado por los siglos y las diversas civilizaciones que hicieron del  valle del Guadalquivir su casa.
El espectáculo para los sentidos es único: la luz, los colores intensos, los vestidos, los carruajes, las mulas enjaezadas, los farolillos brillantes, las casetas rayadas, verdes y rojas, los volantes de las flamencas, las flores, las rosas en la cara y en el pelo de las mujeres, las luces, los cascabeles, la elegancia de  los pura sangres, y la gente, esa gente feliz que va a la feria olvidándose de los problemas por un día. Porque a la feria se va a pasarlo bien y el sevillano se coloca su mejor traje y se pone al mundo por montera. ¿Y habrá algo más sano que decirle adiós a los problemas al menos por unas horas?
 Sí, es una ficción porque la malhadada crisis regresará cuando se marchiten los alegres farolillos, pero entonces que, nunca mejor dicho, me quiten lo bailao.
Es una fiesta sana, donde se pasea, se canta, se habla con los amigos. Que deleite reencontrarse con aquellos que no vemos si no de año en año, de los que fuimos inseparables en otro tiempo, y que las circunstancias alejaron y que ahora encontramos sorpresivamente en una  caseta cualquiera. Qué maravilla sacar a bailar a la propia  madre en la caseta familiar, y estar con hermanos, hijos, sobrinos en un alegre revoltijo de edades donde, la pequeña de diez años baila con el abuelo de setenta y el joven de dieciséis roza leve, tímidamente la cintura de aquella que le gusta, por primera vez
Y pasearse por el Real en un coche a la media potencia, tirado por cinco caballos grises cartujanos, y sentir el sol y la brisa azul en la cara y en el corazón
Y ver a la gente elegantísima pasar jubilosas por las calles efímeras entre música y vida. Porque, y esto, en estos tiempos  que corren de supina ordinariez, sigue siendo para mí un misterio, en la tarde de feria sevillana predomina de un modo absoluto, la distinción, el refinamiento y el buen gusto. Nunca está la mujer más esplendida. El traje de volantes las convierte en un enjambre de bellezas insólitas. Caminas entre la bulla y te asaetean unos ojos verdes, un perfil, una imagen que queda indeleble en la pupila. ¡Qué guapa están las mujeres en la feria, qué airosas, qué cautivadoras!
Y un poco de jamón, y un caldo con hierba buena, y la socorrida tortilla de patatas, y el guiso del día, y todo  sublimado por el vino dorado  que destella  en las copas, en fulgores  que cuajaron en los soleados viñedos de Jerez o en las salobres puestas de sol en Sanlúcar…
Por tantas cosas hermosas, para mí la Feria en Sevilla, es un lujo al que no quiero renunciar.
Doy fe que este año, con mi mujer y mis hijos, con mi familia y amigos me lo he pasado en grande ¿Y mañana?
¡Mañana Dios dirá!

sábado, 13 de abril de 2013

¡TARDE DE TOROS!

Salía jubiloso, con mi mujer del brazo: ¡a los toros, a los toros! El pañuelo blanco preparado, el puro y las almohadillas bajo el brazo.
Con la cabeza alta y airoso el ánimo me enfrentaba a la tarde espléndida, soleada y azul.
Ni Antonio Vargas Heredia, hijo y nieto de Camborios,  iba tan jirocho como yo, que ni soy moreno de verde luna, ni llevo vara de mimbre, ni mis empavonados bucles me llegan hasta los ojos, (más bien lo contrario) pero sí que andaba despacio y garboso . Hasta el punto de que fue mi santa esposa la que me insta a la moderación: ¡Ignacio, por Dios, que no parezca tanto que vas a los toros!. ¡Pues nada, hija, qué quieres, iremos encogíos!
Y se llega a las inmediaciones del coso, y el ambiente  es de fiesta, de ilusión, de espera luminosa. Todo el mundo se arregla, cada uno a su manera, pero se percibe quela gente se ha esmerado y ha sido cuidadosa con su ropa alegre para el rito, y ahora forman una algarabía multicolor, frente a la negra muerte, que no olvidemos, acecha entre las verjas de hierro y no abandona nunca el amarillo albero que se ve tras los portones.
Plaza de toros de Sevilla, blanca de cal y luz. El campo antiguo, el que ya casi ni existe, entra en la ciudad. Esparto, mulas, mayorales, caireles, taleguillas, cabestros, forraje, sombreros de ala ancha…
En el patio empedrado se escucha el ruido de las pezuñas nerviosas de los caballos. Cerca de la puerta de toriles, llega a la calle el olor de las bestias, a pacas de paja, a abono, a cálida animalidad.
Y dentro, como una moneda antigua, de oro apagado, como un doblón acuñado en la vecina casa de Indias, del metal que descargaron los descubridores en el Guadalquivir, el ruedo: limpio, terso, peinado por los rastrilleros, esperando, como el azogue de un espejo de un gran salón de baile, el reflejo de la danza, que aquí será del hombre y la parca.
Y nos sentamos impacientes en nuestro graderío, y cuando se oyen los clarines y comienza el paseíllo, entre aplausos, pasodobles y saludos, me siento profundamente identificado con la fiesta. He encendido mi puro, he ofrecido a mis amigos, y estamos allí, como tantos antes que nosotros, disfrutando de un espectáculo único y hermosísimo, lleno de símbolos y profundamente artístico.
Ni yo fumo, ni ná de ná, pero un día es un día, y me deleito expulsando morosamente el humo del cohíbas (un buen amigo me regaló una caja)  viendo a través de sus volutas una Giralda onírica allá sobre los tejados.
Expresar el silencio sobrecogedor de las miles de personas expectantes en los momentos críticos, roto sólo por el ruido del vuelo de los vencejos o el choque seco de los palos de las banderillas, merece mayor detenimiento. Lo dejo para otro momento
Todo absoluta y políticamente incorrecto. Fumando y viendo una corrida de toros. Los ecologistas “a la violeta” me matarían, pero puedo afirmar, sin ánimo de ofender, que me lo pasé en grande.

viernes, 12 de abril de 2013

¡TARDE DE CIRCO!


¡Ocho niños, ocho¡ fueron trasladados al recinto ferial para introducirlos en el Circo Mundial de la "calle del infierno" de Sevilla.
Mi mujer y yo, únicos domadores.
Todos en el coche como  in illo tempore, unos encima de otros, al buen tun tun.  De vez en cuando tenía que dar la voz de alarma: ¡niños, agacharse, que viene la pasma!
Salieron como fieras, y Reyes y yo nos reíamos después, condescendientes, del tío  del látigo y los tigres.
Me impresionó la capacidad del ser humano para conseguir lo increíble: los equilibristas, sin red, que me hacían llevarme las manos a la cabeza, la mujer pulpo, que con manos y pies daba vueltas a cinco esferas, los trapecistas, los caballos, los payasos…
La señora de atrás, bien entrada en años, y que disfrutó de lo lindo, manifestaba su alborozo ruidosamente y lanzaba sus comentarios sin rubor-¡ eso, eso sí que tiene mérito- mientras el atleta se jugaba la vida a 15 metros del suelo sobre la "rueda de la muerte"- y no los funcionarios, todo el día detrás de una mesa!- ¡Glup!.
 Aparecía  un joven en una motaza de cuatro ruedas que lanzaba ¡hasta cinco pelotas al aire! Y la referida dama comentaba admirada  ¡Anda, toma, con siete pelotas!.
El espectáculo, como ven, no sólo estaba en la pista.
El circo tiene su punto de melancolía. Cuando se apagan las luces se ve la realidad prosaica de las tramoyas, los cables, los armazones de metal, los restos de basura del “respetable”…que los focos fascinantes ocultan
Pero los niños lo pasaron en grande: Pilar, que a sus cuatro años no sabía muy bien de que iba aquello, antes de entrar me decía impaciente:¿Cuándo nos vamos a "montar” en el circo?
¿Qué si mereció la pena?
 Santiaguito, con su paquete de palomitas en la mano, en su papel de niño de cinco años, sin apartar la mirada de la pista, me desarmaba diciendo: ¡¡Papá, gracias por traernos a este sitio!!