Iba como un gorrión, pidiendo cera y caramelos a los nazarenos. Pegaba saltitos, se ponía a la pata coja, llamaba a los penitentes para que se percatasen de su ínfima presencia... y gorjeaba de gozo cuando recibía una piruleta o una estampita.
Su madre y yo la mirábamos hacer mientras esperábamos la llegada del paso, conmovidos.
Llegó un momento, ay, cuando crecí, en que olvidé que los nazarenos daban caramelos... mi hermandad va de negro y no lo hace.
Me asombró y me chocó que se siguiera haciendo, cuando comencé a llevar a mis hijos en brazos a ver las procesiones.
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Bendita Semana Santa, que endulza la espera de los niños con dulces y cera de luz, como anticipo de la Resurrección.
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